A 12 años del Informe CVR: La utilidad de las memorias

Por Admin AD / 08.09.2015

La esperanza de una sociedad mejor se construye, podemos mirar con optimismo el advenimiento de cambios en las relaciones humanas.


A 12 años del Informe CVR: La utilidad de las memorias

Por Miluska Rojas

Secretaria Ejecutiva del Movimiento Ciudadano Para Que No Se Repita

El legado que nos dejó la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) o su presencia en la escena pública durante 2001 y 2003 nos ayudó a elaborar verdades o memorias sobre la de violencia desatada en nuestro país de 1980 a 2000. Entre sus 17 mil testimonios, la verdad de las “víctimas más vulnerables” (campesinos, mujeres y quechua hablantes) resultó privilegiada, y su aceptación fue  repudiada por los “perpetradores”, los “responsables políticos”, los “vencidos”,  sus familiares y un gran sector de peruanos y peruanas convencidos de otras verdades o avergonzados por la verdad de las “víctimas más vulnerables”.

Hoy, pronto a cumplirse doce años de la entrega del Informe CVR, otras verdades han comenzado a abrirse paso; es decir, a ser discutidas o medianamente difundidas en la colectividad. Las memorias de los hijos de la guerra (de las “víctimas más vulnerables”, de militares, de civiles, de emerretistas y de senderistas) y de las viudas y madres de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional reclaman para sí la condición de víctimas, y una memoria honrosa o comprensiva para sus familiares. Mientras, el desconocimiento parece abrirse campo entre los jóvenes y adolescentes que no vivieron la guerra interna pero que hoy viven o sobreviven entre las mismas causas de esta.

Durante la elaboración del guión museográfico del Proyecto nacional Lugar de la memoria, la tolerancia y la inclusión social (LUM) algunas de estas memorias parecían abrir paso a una tensión de polos entre los representantes de las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional y la “sociedad civil” (organismos de derechos humanos y casi todas las víctimas). Sin embargo, durante estas reuniones y en otros eventos organizados por el LUM, se pudo percibir mayor escucha y apertura al diálogo entre las “partes”. En su seminario A diez años del PIR, pudimos ver y escuchar a miembros de la Policía Nacional pedir excusas o asentir frente a los cuestionamientos sobre el uso del término “excesos de guerra” en el caso de desapariciones forzadas; a sus viudas y oficiales en retiro manifestar “es tiempo de decir la verdad e individualizar responsabilidades”, y a las “víctimas más afectadas” cuestionarse “qué tipo de educación hemos tenido para matarnos entre prójimos”, y a algunas autoridades pedir excusas en nombre del Estado.

Todo esto, mientras el gobierno presta poca atención a la discusión y el sostenimiento del proyecto LUM, como a la elaboración de medidas para incluir en la política de educación la difusión del informe de la CVR o estas otras memorias presentes y en discusión. Quizás por convicción, oportunidad o cautela, en el gobierno -entre los políticos- y en la colectividad parecen prevalecer las ideas sobre la caducidad de la memoria sobre la violencia de 1980 a 2000 y la inutilidad de promoverla entre las nuevas generaciones.

Sin embargo, puesta en diálogo las memorias pueden traernos grandes beneficios o pequeños pasos para comprender el pasado y nuestro presente, y tal vez “reconciliarnos” como colectividad o con nosotros mismos.

 

A nivel colectivo:

El escuchar otras verdades puede ayudarnos a redescubrir otra visión de la realidad. Los pedidos de reconocimiento de las víctimas (los “más” y “menos” vulnerables) puede llevarnos a ver que la guerra o la violencia afecta a la “víctima” y al “victimario” y a su entorno.

Los testimonios de las experiencias vividas por las madres y viudas de las Fuerzas Armadas y por los hijos de la guerra producto de la complejidad de la “herencia”, del estigma o del largo camino emprendido para conseguir reparaciones nos recuerda que existe un presente después de la guerra. Secuelas en todos lados de la sociedad, que la polarización, la mirada centrada en “los buenos/puros” y “los malos/impuros” o entre los “más” y “menos” afectados no ayudan a reparar el daño, sino que nos coloca como sociedad en la situación de potenciales agresores.

Escuchar al sindicado y a la víctima, e individualizar responsabilidades puede permitirnos practicar la memoria como un ejercicio liberador, avanzar hacia la aceptación de responsabilidades, y hacia el perdón. En el ejercicio de memoria, tomar la palabra, dar voz, elaborar el recuerdo y ponerlo en diálogo con otras voces ayuda a resignificar la experiencia vivida. Plantear el perdón como un proceso individual de análisis de lo vivido (comprendo lo que ocurrió), como estrategia de sanación (me libero del efecto negativo) y de autocuidado (decido como actuar en el futuro).

Plantearnos la posibilidad perdón y la reconciliación entre pueblos. El informe de la CVR nos reveló que bajo el terror y en la guerra la peligrosidad de la violencia se acrecienta; el miedo nos vuelve vulnerables a la vileza. Cuando se calla o acusa para sobrevivir, o se trasgreden valores como la vida, la lealtad o la justicia, se puede ser victimario y víctima.

En la actualidad también existen expresa la necesidad de justicia y reconciliación. En algunas comunidades donde las víctimas son a la vez victimarias, y tienen lazos de hermandad se convive bajo tensión, y en muchos casos aguardando perdón.

Luego de doce años del informe, tal vez haga falta pensar más en las causas, y en lo cotidiano, recuperar para las víctimas y para todos más aspectos de nuestra dimensión humana. Los que no fuimos “afectados directos” del conflicto también podemos plantearnos sea como “espectadores” o “herederos” de esta memoria, nuestra responsabilidad por el silencio, por oír callando el dolor ajeno. Redescubrir en nosotros y en nuestro entorno que las prácticas y voluntades que alentaron la guerra estuvieron o están presentes en nuestras decisiones.

Fortalecer valores mínimos de convivencia. Los testimonios y las memorias sobre los hechos vividos por nuestra sociedad pueden ayudar a plantearnos mínimos comunes de coexistencia. Las largas luchas perennizadas en días de recordar,  como el día del trabajo, por ejemplo, nos recuerdan valores que compartimos como sociedad. Las memorias sobre la violencia pueden acercarnos a evocar también el universal derecho a la vida, el derecho a la justicia (nacional o internacional, al debido proceso), a la no discriminación, como valores compartidos o generados en el proceso de “enmienda” de los vicios y causas que dieron origen a la violencia. En la atención a las secuelas dejadas por la guerra, el reconocimiento oficial de las memorias nos puede llevar también a validar el sentido de los derechos humanos (salud, educación, vivienda, igualdad, identidad, etc.), la vigencia de prácticas nefastas (la corrupción, la violencia, la discriminación,), y de la necesidad de respeto de costumbres como el entierro digno y el duelo, requerido por tantos años por los familiares de los desaparecidos.

Afianzar la esperanza en una sociedad mejor. Aunque se diga que cualquier tiempo pasado fue mejor, si comparamos hechos de nuestra historia colectiva, como el reconocimiento de los derechos a la educación, la salud, la abolición de la esclavitud, entre otros, podemos advertir que nuestras sociedades han avanzado en la afirmación de valores y derechos humanos. Hoy las mujeres tienen más derechos o mayores libertades gracias al activismo feminista que colocó en el centro del debate su desigualdad. Las víctimas de la violencia gracias a su valentía y perseverancia, junto a los colectivos de derechos humanos, han logrado movilizar voluntades hasta alcanzar su reconocimiento, reparaciones (no al ritmo, ni en la medida que quisiéramos) y un marco legal y social que ampara hoy el debido proceso, entre otros avances planteados como tareas en las recomendaciones de la CVR en 2003.

A nivel individual:

La memoria puede fortalecer la autoestima y la estrategia de autocuidado. Recrear nuestras vivencias puede llevarnos a redescubrir nuestra vida en etapas que han ido cambiando en el tiempo. Puede traer consigo la comprensión de lo vivido. La memoria puede permitirnos rescatar la empatía hacía nosotros mismos. El mirar con nuevos ojos nuestra cotidianeidad, nuestros logros, nuestros tropiezos y sacar “lecciones” o reflexiones sobre los caminos tomados y sus efectos.

La esperanza de una sociedad mejor se construye, podemos mirar con optimismo el advenimiento de cambios en las relaciones humanas. Regalar el ejercicio de la memoria a nuestras jóvenes y adolescentes no solo para hablar del pasado como tiempo histórico, sino también para conocer  sus intereses, los valores que los movilizan y construir en el diálogo con ellos la sociedad que anhelamos. 


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